Ed. Anteriores
Bicentenario: Vida y muerte de Antonio José de Sucre
- Categoría: Edición 48 - Febrero 2010
- Fecha de publicación
- Escrito por Frank David Bedoya
Antonio José de Sucre nació el 3 de febrero de 1795, en Cumaná, ciudad de la antigua Capitanía General de Venezuela. Fue uno de los más grandes héroes de la guerra de independencia suramericana, hijo predilecto de Simón Bolívar, el mejor discípulo del Libertador, pero además fue su mejor y más fiel amigo. Tenía tan sólo 15 años cuando fue nombrado Subteniente del ejército patriota, a los 22 años ya era Coronel, a los 27 General de División y a los 29 años, después de sus destacados triunfos en los campos de batalla, se convirtió en el Gran Mariscal de Ayacucho. Sin temor a exagerar se puede decir que Sucre fue el guerrero más destacado entre todos los de su época por su valentía e inteligencia. Además haría posible la fundación de Bolivia. Su nombre estará ligado eternamente a la gloria de los campos de Pichincha, Junín y Ayacucho. Pero, lamentablemente también será la primera víctima de un asesinato político, ejecutado en la mayor ignominia y cobardía.
Las mejores palabras para conocer la tremenda personalidad de Sucre las escribió Bolívar. Observemos algunas:
“[Bolívar a Sucre en 1823] Si no es Vd. no tengo a nadie que me pueda ayudar con sus auxilios intelectuales. […] [Bolívar a Santander en 1825] La gloria de Vd. y la de Sucre son inmensas. Si yo conociese la envidia los envidiaría. Yo soy el hombre de las dificultades; Vd. el hombre de las leyes y Sucre el hombre de la guerra. [Biografía de Sucre escrita por Bolívar en 1825] Ayacucho semejante a Waterloo, que decidió del destino de la Europa, ha fijado la suerte de las naciones americanas. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla, y contemplarla sentada en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sagrado de la naturaleza. El General Sucre es el Padre de Ayacucho: es el redentor de los hijos del Sol; es el que ha roto las cadenas con que envolvió Pizarro el imperio de los Incas. La posteridad representará a Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco Capac, y contemplando las cadenas del Perú rotas por su espada.”1
También un retrato fiel de Sucre lo podemos encontrar en la magistral novela histórica El general en su laberinto de Gabriel García Márquez:
“Pocos días después del regreso, al final de un agrio consejo de gobierno, [Bolívar] tomó del brazo al mariscal Antonio José de Sucre. «Usted se queda conmigo», le dijo. Lo condujo al despacho privado, donde sólo recibía a muy pocos elegidos, y casi lo obligó a sentarse en su sillón personal. «Ese lugar es ya más suyo que mío», le dijo. […] [Sucre] era inteligente, ordenado, tímido y supersticioso, y tenía una dulzura del semblante que las viejas cicatrices de la viruela no habían logrado disminuir. […] El general no podía imaginarse a nadie mejor calificado que [Sucre] para sucederlo en la presidencia de la república. […] La inteligencia de su corazón le había enseñado [a Sucre] la inutilidad de la gloria. «De modo que no, Excelencia», concluyó. El 13 de junio, día de san Antonio, había de estar en Quito con su esposa y su hija, para celebrar con ellas no sólo aquel onomástico sino todos los que le deparara el porvenir. Pues su determinación de vivir para ellas, y sólo para ellas en los goces del amor, estaba tomada desde la Navidad reciente. «Es todo cuanto le pido a la vida», dijo. El general estaba lívido. «Yo pensaba que ya no podía sorprenderme de nada», dijo. Y lo miró a los ojos: «¿Es su última palabra?» «Es la penúltima», dijo Sucre. «La última es mi eterna gratitud por las bondades de Su Excelencia».” […] Sucre había sido emboscado y asesinado a bala por la espalda cuando atravesaba el tenebroso paraje de Berruecos, el 4 de junio de 1830. Montilla llegó con la mala nueva cuando el general acababa de tomar el baño nocturno, y apenas si la oyó completa. Se dio una palmada en la frente, y tiró del mantel donde estaba todavía la loza de la cena, enloquecido por una de sus cóleras bíblicas. «¡La pinga!», gritó. Aún resonaban en la casa los ecos del estrépito, cuando ya él había recobrado el dominio. Se derrumbó en la silla, rugiendo: «Fue Obando». Y lo repitió muchas veces: «Fue Obando, asesino a sueldo de los españoles». Se refería al general José María Obando, jefe de Pasto, en la frontera sur de la Nueva Granada, quien de aquel modo privaba al general de su único sucesor posible, y aseguraba para sí mismo la presidencia de la república descuartizada para entregársela a Santander.”2
El héroe y gran Mariscal de Ayacucho, después de haber hecho tanto por la libertad de Suramérica, no pudo descansar y disfrutar del amor de su esposa y de su hija; el mariscal no ambicionaba poder alguno, lo único que quería, después de tan cruenta guerra, era disfrutar el amor, pero los asesinos en Colombia no se lo permitieron, lo asesinaron por la espalda, no podían enfrentarse de frente a un guerrero.
El historiador ecuatoriano, Enrique Ayala Mora, en su trabajo El asesinato del Mariscal Sucre, después de realizar una revisión detallada de la inmensa bibliografía existente sobre este deplorable episodio y de analizar las evidencias, concluyó que en el asesinato de Sucre confluyeron los intereses y las voluntades del general José María Obando y el general Juan José Flores, futuros presidentes de Colombia y Ecuador, y quienes no se cansaron de acusarse mutuante por aquel crimen, evidenciando así, por lo demás, que entre los dos siempre hubo tratos para deshacerse de Sucre. Dice Ayala Mora en su trabajo: “Los «hermanos» se culparon luego el uno al otro del crimen que cometieron juntos, aunque no por ello dejaron de reconciliarse en medio de las vergonzosas guerras de tiranuelos que protagonizaron juntos no muchos años después. Al fin, los dos encontraron plumas incondicionales que los defendieron, creyendo que con ello lavaban el honor del «Fundador de la República» de Ecuador o del «Padre del liberalismo Colombiano».”3
Sí, todos los registros históricos indican que fueron los dos, Obando y Flores. Pero, insistamos en las palabras de Bolívar: «Fue Obando»… «Fue Obando, asesino a sueldo de los españoles».
Como bien lo dijo la historiadora francesa Gilette Saurat: “Al llegar el año [1830] a su término, la América estaba dos veces viuda. Con la muerte de su paladín en junio [Sucre], y la de su genio en diciembre [Bolívar] se acababa el tiempo de los héroes. El de los asesinos iba a abrirse.”4
1. Simón Bolívar, Obras Completas, Fundación para la Investigación y la Cultura FICA, Bucaramanga, 2008.
2. Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1989.
3. Enrique Ayala Mora, Sucre soldado y estadista, Editorial Planeta y Universidad Andina Simón Bolívar, Bogotá, 1996.
4. Gilette Saurat, Bolívar el Libertador, Editorial Oveja Negra, Bogotá, 1987.

